M A U R I C E E C H E V E R R Í A

(4) PELEA EN COCINA

La verdad es que Laura le ha dado una paliza a Carlo; y Carlo, en desesperado intento por no salir muerto de semejante escabechina, sale como puede del cuarto, arrastrándose, boqueando, a punto de inanición, pero, por fin, sale. Se arrastra por la alfombra, como una serpiente castigada. Alcanza a escuchar de una manera nítida y formidable la carcajada de Laura, resonando inapelable como una ley física. Con la ayuda de sus manos trémulas, avanza Carlo por el suelo. Así de dura es la vida. Ésta es la continuidad del dolor. Lo árido. En efecto, la alfombra es como un desierto, rotundamente. El lugar a dónde se retiró Cristo, el sitio en donde abades locos se vuelven locos en silencio. Sólo hay cactos y huesos de perros muertos, al lado de la carretera. Los alacranes hacen fiestas colectivas, bajo la llamarada del sol.


Termina por quedarse inconsciente a medio camino, rodeado de moscas y muerte. Triste escena. Conmovedora. Brutal. Ni siquiera alcanzó a llegar a la cocina, que era su destino. Pronto algo sucede, un huracán se acerca por entre las dunas, violento. Oh sí: es un remolino hecho de interventores. Los interventores lo han visto todo, y no han querido permitir un final tan desafinado.


Es un Equipo Médico. Le toman el brazo a Carlo –velocidad, precisión– para inyectarlo. ¿Qué droga profunda traen desde las profundidades del Castillo de los Fratricidas? Carlo abre los ojos, como saliendo de una pesadilla; se sienta en la alfombra, atolondrado y zombi. Una secreta energía lo mantiene artificialmente erguido. Las paredes respiran un poco. Todo está un poco más rojizo que de costumbre. Carlo se sacude el polvo.


Ya en la cocina, Carlo se da cuenta de algo muy importante: se da cuenta que sus electrodomésticos, lejos de ser solamente electrodomésticos, son armas: armas mortíferas, aunque disfrazadas de electrodomésticos. No hay tal cosa como una máquina tostadora. En el fondo, todas las máquinas tostadoras fueron creadas para torturar a cónyuges rebeldes, como Laura. Por cierto, ¿no es Laura quién se acerca con sus pasitos estúpidos? 


Carlo se esconde. Qué sorpresa espera a Laura. Laura entra confiada a la cocina. Todas las cosas la observan, divertidas. Todas las cucarachas. Los ácaros. Las manifestaciones subatómicas. Y los electrodomésticos, claro.


Le pega él con un mazo, la amordaza, le pone una capucha negra, luego le amarra las manos, ¡y como si fuera poco, la mete al microondas, y allí la deja durante dos horas! 


Laura pide ayuda, por demás inútilmente. A las dos horas entonces, Carlo vuelve, pero esta vez acciona el microondas, durante dos minutos. Laura se cocina toda ella con las ondas del microondas, y su piel sufre procesos graduales, y el agua de su cuerpo gime, gime, retoza. Por si fuera poco, Carlo pone a funcionar el microondas durante dos minutos más. Es la noche oscura del cuerpo de Laura. Laura observa por la ventana del microondas el rostro curioso, villano, y morboso, de Carlo.


Carlo se retira a descansar al cuarto, dejando a Laura encerrada en el microondas. Quién sabe cómo, ésta reúne suficientes fuerzas y logra escapar. Escapa. Encuentra a Carlo. Lo lleva del pelo de vuelta a la cocina. Agarra la mano de Carlo. Carlo resiste. Pero Laura, electrificada por la indignación, consigue ingresar la mano de Carlo en el procesador de comida, que pone pronto a funcionar. El resultado, atroz. Hay vacas colgadas de largas cadenas herrumbradas, meciéndose en el vacío, envueltas en un aire aciago. Pozo, garganta del averno, cuello de la botella negra. No queda nada. No queda nada. Sólo sufrir. Sólo seguir sufriendo.

En todas las historias hay –o debería de haber– un cuchillo japonés. No hay instrumento más rotundo. Es casi mágico. Carlo lo sabe. Empuña ya el suyo, a modo de venganza procede a cortarle la oreja a su queridísima Laura. La oreja se desprende como una rebanada de mantequilla, con esa gracia y precisión. Acto seguido, Carlo cocina la oreja en una sartén. Carlo no suele cocinar, pero cuando lo hace se esmera. Una vez cocinada la oreja, se la va comiendo despacito, acompañada de unas berenjenas con aceite de oliva, y un vino demasiado elegante, demasiado profundo, guardado para la ocasión. Laura se rehúsa a probar el plato.


Aparte del cuchillo japonés, Carlo posee otros instrumentos de cocina. En cuenta el cuchillo del pan. La espátula metálica. Está el cucharón de sopa. Y el rayador de papa. El abrelatas. Está el cortador de pizza. Y los tenedores. Los platos. En fin, todo eso tiene una gran potencialidad en la región del odio. Carlo se imagina sacándole los dientes a Laura con una taza. ¿Y por qué no demolerle las uñas a ollazos? ¿O rociarle café hirviendo en las tetas? ¿Tostarle la lengua? ¿Meter en el horno su intestino? Lo único terrible sería no hacerlo.

Al final se decide por el rayador de queso. Con el rayador de queso le raya los labios. Así que los labios quedan como parmesano. Una vez finalizada la tarea, los pone amorosamente encima de una pasta con tomate y albahaca. Laura expresa su disentimiento vía unos gemidos sobrenaturales y una mirada esquelética y rogatoria. Puñales de dolor dentro. Lo mortal coagula en Laura.

Pero a Laura esta experiencia no le acobarda en lo más mínimo. Al contrario. Con el sacacorchos enuclea a Carlo, y Carlo la observa expectante mientras tanto. La tristeza de Carlo es infinita. Laura, como rescatada de una fábula violenta, levanta el ojo insípido en señal de victoria.

Ahora Carlo le está perforando el oído con un picahielos. Un picahielos largo, intimidatorio. Me da pena decirlo, pero todo esto me excita: profundamente. Con el picahielos ensartado, Laura persigue a su marido por toda la cocina.

Este juego narrativo de perseguir a su marido le impide ver el banquito; se tropieza contra el banquito; cae de bruces contra la esquina de la mesa; dándose en la frente…

Laura se retuerce como una especie de animal alienígena, en el piso. Aprovecha Carlo la ocasión para ir a buscar un cuchillo a la gaveta; pero no el cuchillo japonés que ha usado previamente, sino esta vez un maravilloso cuchillo finlandés de una sola pieza. Altísima tecnología. Cuchillo brillante, impecable. Su hoja, un espejo. Carlo se mira en la hoja del cuchillo (le amarga, sí, el agujero tosco que le ha dejado Laura en la cara, en lugar de su ojo derecho). Le aconsejaría vivamente a Laura salir de esta casa, y no volver, si no fuera de por sí un consejo para ella imposible de realizar, puesto que a estas alturas Laura no coordina, el mundo le da vueltas, y está, como se dice, paralizada.

Condición que aprovecha Carlo: le rebana las tetas. Rebanar una teta se puede hacer con mucha prisa, o con delicadeza. Carlo rebana una teta de Laura con prisa, y la otra con delicadeza. Luego pone las dos en una bolsa de las grandes, y las guarda en el congelador. “Por si me da hambre más tarde”, le explica a Laura, que está tratando de desclavarse el picahielo, y no lo está consiguiendo. Carlo ahora considera la posibilidad de amputarle los brazos. “Podría ser divertido, en efecto”, piensa. “Pueden ser los brazos, y además las piernas”, cavila. Que sólo quede un tronquito. Entonces verían juntos la tele, y ella no podría cambiar de canales jamás, y poner sus estúpidos programas de televisión para adolescentes. Carlo es una persona creativa, a veces.


Pero Laura ya le está mordiendo la nalga. Tan ocupado estaba Carlo pensando en cómo cortarle brazos y piernas a Laura, no se dio cuenta que ésta se acercaba, echando espuma por la boca. Y ahora Laura le muerde epilépticamente la nalga. Y ahora Laura no suelta. Carlo se ve obligado a quebrarle un vaso en la cabeza para que Laura suelte. “Habrá que quitarle los dientes”, piensa Carlo para sí, y piensa en el martillo. “¿En dónde, oh, el martillo?”, se  interroga. Luego se pone a hacer ejercicios de caligrafía china con la sangre de Laura. Pero vuelve a sentir el mordisco de Laura en la nalga. “Otra vez”, exclama. “Hoy sí te voy a mostrar”. Primero la amarra a una silla, bien amarrada. Luego le muestra: un puño. Laura observa, hipnotizada.


Carlo abre bien grandes los ojos, y dirige el puño a toda velocidad al pecho de Laura, perforándolo. Laura ni siquiera se mueve; ha sido un golpe maestro. Laura siente un gran calor momentáneo, místico, que la inunda toda. Carlo maniobra con cierto virtuosismo, se apodera del corazón de Laura, lo arranca atrozmente, lo eleva al aire, chorreante, y luego vuelve a meterlo en el pecho de Laura, todo en un segundo. Laura, catatónica. “Es sólo un pequeño ejemplo de mis poderes”, amenaza Carlo. Laura permanece en estado de puro silencio durante una hora, exactamente. Luego de eso se pone a gritar, y quién la calla. Son gritos lacerantes, casi pintorescos, chillidos selváticos, que se hunden en la psique porosa de Carlo como pájaros salvajes y pegajosos. Carlo decide ir por el bate. Le pega bastantes veces a Laura. Le pega por lo menos quince veces, percusivamente, a Laura. Es un ejercicio que lo deja transpirando. Pero al fin ella se ha callado. Carlo decide que es hora de cortarle el pelo y raparla. Siempre había querido saber cómo se miraba Laura rapada. La rapa con la máquina rasuradora, que va dejando zurcos. Terminada la tarea, le toma unas fotos con la cámara digital. Luego se masturba y eyacula encima de su cráneo pelado.

En el apartamento contiguo, un hombre, plácidamente, escucha el jazz. Es el vecino. Ha vivido allí desde siempre. Algo gordo; abogado. Sonríe; posee una vida tranquila. Cada tarde, después del trabajo, escucha discos favorables de virtuosos norteamericanos, lo cuál le infunde vida. Por supuesto, a sus compañeros de trabajo no les gusta el jazz. Pero no importa: el jazz es un proceso individual. Los gritos de Laura traspasan los muros, y sin embargo el vecino apenas los escucha: es que está muy ocupado partiendo un queso manchego en trozos, y escuchando jazz.  


El jazz entibia el estéreo, se endereza pero es tan tenue, macizo y suave, a la vez, espía entre las notas, fisgón, o al contrario: ofrece su cuerpo sensual entre bocanadas de humo que envenenan dulcemente las paredes. El vecino se deja aplastar por esta seda maravillosa, goteando en cada nota: así es como el jazz se convierte en ritmo, y empapa a los soñadores de la noche. El vecino, al escuchar esta música, se imagina entrando y saliendo de bares, cruzando callejas, en Nueva York (pero nunca ha estado en Nueva York, realmente). A horcajadas, veteado de luces sucias, mascullando glorias nocturnas. 


Él también es un soñador. Un soñador del jazz.


Su mujer no está en casa: está, de hecho, de viaje. Entonces él aprovecha para subir el volumen del estéreo, para desquiciarse un poco. El jazz, a veces, sirve para demoler algo dentro de uno, para hacerse uno con la sangre que hierve. Que tiemblen los sillones, los cuadros, los pequeños objetos. Que cada cosa sienta esta presencia, este gran corazón vibrante. Que no duerma ninguna forma. Remolino de ácaros vibrantes…


El vecino adquiere una revelación sobre su propia vida, sobre su mujer. Su mujer es: meticulosa. Y es: bella. Audazmente, el vecino se atreve a formular una conclusión: no tiene de qué arrepentirse. Todo se ha ordenado de acuerdo a una sensibilidad superior, y esa sensibilidad superior ha puesto un empeño, una dedicación extraordinaria en complacerlo. El vecino es gordo, se ha conmovido. Hoy, en esta noche sentimental, el vecino abre los ojos, transfiere al aire suspensivo un suspiro redentor… La luz proveniente de la lámpara parece acentuar lo mágico de este momento. El tiempo, auguralmente, se ha detenido. El cenicero muestra su compasión, su risa, su perspicacia. Poco a poco, la emoción se desvanece, hasta dejar solamente un hilillo tibio entre las cosas. Está bien. Así es la vida.


Pero en este momento, escucha, por fin, algo. Un grito. En el apartamento de al lado. Y luego otro. ¿Es posible? Piensa en los vecinos. Recuerda sus nombres: Laura, Carlo. Ella es bella, pero seria, muy seria. Él es un poco engreído.


Escucha, escucha el vecino. No sabe exactamente qué. O no quiere saberlo. Más bien ésto último; quiere negar la posibilidad del dolor ajeno (que no es sino el propio) por medio del mental mecanismo definido de dejarse colonizar por una cierta indiferencia, una modorra desacralizadora. Prefiere ceder a una multitud de presencias interiores y renunciar a su condición divina, antes que reconocer que algo, y algo muy serio, está sucediendo en el mundo. Procedimiento muy característico, por cierto, de la raza humana.


Otro grito. Casi ridículo. Caricaturesco. Decide no hacerle caso. El vecino cambia de disco, dócilmente, fiel a su estilo de vida. Se pone cómodo en el grueso sillón de cuero. Casi consigue no afligirse por los gritos: los gritos son de Laura, cuyas tetas están siendo rebanadas, hábilmente. Sería aconsejable para el vecino obviar descaradamente esta sinfonía macabra, y hasta cierto punto es tal su intención, pero recordemos asimismo que hay algo de noble en el vecino, un punto de inflexión, un asentamiento moral, eso punzante: una conciencia. Con una conciencia no se puede ir muy lejos por la vida: siempre hay tropezones.


Pero la realidad sube de tono. Es más ruidosa que la indiferencia. Cuando la realidad se hace más ruidosa que la negación, entonces surgen dos posibilidades: o el espécimen se rompe en dos (en veinticinco, en mil cuatrocientos seis), es decir se divide; o: simplemente toma fuerzas, cambia. En el caso del vecino, lo que acontece es el cambio. Presidido por una acción: el vecino se levanta y apaga el equipo. Así es: apagando el equipo, el vecino se posesiona, adueña de la realidad, se da valor, establece un probable curso de acción. No es que el miedo haya desaparecido. No. Es solamente que el miedo adquiere un tono formal, oficial. Apaga el equipo el vecino, y a eso le sigue otro silencio denso, sordo, como la piel de un tambor muerto. Es casi insoportable para el vecino esta desnudez angustiante, cuando sólo hace unos segundos estaba viajando, en plena expansión, por las sideralidades del jazz. 

Advierte el vecino con una mezcla de asombro, terror, lucidez, que al lado se están matando. El vecino a partir de ese momento ingresa a una zona de orfandad psicológica. Todas sus ideas caen sobre tierra pantanosa. Sentir de esa manera la proximidad del mal le ha desbaratado toda ilusión que el jazz había erigido previamente, a base de virtuosismo, persistencia fenomenal, creatividad convexa. El jazz es un velo demasiado frágil, y ahora el vecino no es más que una esponja a la cual le han sacado todo el agua que antes le daba una sensación de llenura y seguridad. Si se están asesinando, ¡es que son asesinos!, continúa la lógica del vecino. Por lo tanto, entiende por fin, ¡vive al lado de asesinos!, triunfa racionalmente. Es cuando su cabeza se apresura a decir: ¡siempre lo supe! Una mentira, por supuesto. Le gustaría que su maravillosa tierna amable joven esposa estuviera allí con él.


Su primer impulso ha sido levantarse, como perrito alerta. “Tengo que hacer algo”, dice. Pero si bien tiene que hacer algo, nada hace. Allí está, bien quieto. Crisis, contradicción, choque de instintos, colisión nulificante, tormenta fija. El vecino es un robot mal hecho, como defectuoso. No es el único, ni el primero. Sería un poco demasiado fácil para mí alargar la mano y tocar el embrollo mental con uno de mis largos dedos; todo volvería a marchar sobre ruedas, pero en fin, no es tal mi propósito en este momento.


La estratificación que se incardinó morbosamente en la mente del vecino no es otra cosa que esa fuerza un poco extraña que los seres humanos suelen llamar “prudencia”, y que suele ser la raíz de toda su extensiva mediocridad, y lo que menos les permite alcanzar el cielo. Es decir que si fueran cinco veces menos prudentes cada día, estarían diez veces más cerca de Cabeza. Pero tal forma de argumentar es muy mía. En realidad es obvio que los seres humanos necesitan de la “prudencia”, puesto que en realidad son sumamente torpes. Bellos, pero torpes. Debe ser esa manera suya de percibir la realidad por medio del “sonido”, la “vista”, y otros sentidos incluso más escandalosos y tan poco precisos, lo cuál los vuelve “prudentes”. Y sin embargo, ¡la mayor de las paradojas es que sin estos sentidos no existiría el mayor de los tesoros, de los misterios: el sexo! ¡Lamer una piel, mil pieles, coleccionar todos los matices del caos con ese órgano vertiginoso: la lengua!


Arrepentido, el vecino vuelve a sentarse. Lo cuál le ocasiona un sentimiento de vacío. Después de todo estuvo a punto de ser un héroe, de dotar su existencia de una finalidad crística, luminosa, y transformadora. Pero esa posibilidad se ha retirado, como un animal nocturno ante la luz. Es como si tuviera un hueco, una isla negra en el pecho, una magulladura que un dedo podrido estuviera irritando. Febrilmente, el vecino vuelve a poner el disco de jazz. Pero ya no es lo mismo. Ha perdido sus cualidades nutritivas, de súbito. Partículas de fastidio brotan de las bocinas, y empastan, forran, encuadernan, momifican su cuerpo de vecino frustrado. Ahora entiendo por qué los seres humanos rezan: cada plegaria es una mariposa escapando del reino de lo duro. Desconectado, lejos de sus propias potencialidades, el vecino encalla, como una barca sin tripulantes, en su miseria doméstica.  


Una pensaría que a partir de allí el único destino restante es el de convertirse en piedra. Pero no. Los terrícolas siempre tienen un nuevo as bajo la manga. A los quince minutos exactos, el vecino mueve un poco la cabeza, un brazo, incluso un pie. ¿Qué fuerza lo está sacando del pozo en que se encontraba hundido, a este terrícola? ¿Azar? ¿Gracia? Echo un vistazo alrededor: ni Azar ni Gracia se encuentran cerca. ¿Entonces? Es el propio espíritu humano. En el corazón del espíritu humano, en el fondo de su lodo–materia, encontraremos una perla: se despabila o se oscurece sin orden visible, según le da la gana, pero cuando le da la gana hace milagros. Ah, misteriosos humanos. Son los seres peor construidos del universo, y sin embargo los más atractivos. Carecen de facultades holísticas, de una mente sacramental formada, miríadas de bajas pasiones los erosionan, y sin embargo a veces producen relámpagos de hermosura y vitalidad que cruzan el tremendo espacio cósmico…


El vecino acumula virtualidad, potencialidad, se infla como un globo, hasta que no lo soporta más: se transforma en acto. Me temo que se levanta con demasiado ímpetu y bota un vaso, que se rompe: en el suelo, varias cortezas de vidrio. Es lo que hablábamos un poco antes acerca de la torpeza humana. Pues bien, el vaso roto no rompe el espíritu del vecino, al contrario, lo exacerba aún más. Fluctuando hacia la puerta de entrada de su apartamento, que igualmente es la puerta de salida, el vecino casi ha embellecido sus rasgos feos, su calvicie. El vecino se ha antidesertificado. Millares de terminaciones neuronales fornican sinápticamente, consubstanciándose las unas y las otras. Aquello que antes era decadente, duro, triste, ahora es preciso, sublime. Donde antes había desasosiego, hoy hay esperanza. Una nueva tangente de realidad penetra las sombras como un rayo de luz. Un libro se abre violentamente.


El vecino ya ha salido de su apartamento, y hasta cierto punto conserva algo del coraje que lo había embriagado antes de cruzar el umbral, pero es más cierto decir que una especie de criptomiedo bermejo oscuro ya lo cubre por entero, o sea que nos damos cuenta que el vecino es un ser con tendencia a la cobardía, y a la indecisión. He mirado cosas borneadizas en mi vida, pero nunca nada como el vecino, que ya está pensando en regresar a la poltrona. Mala suerte para él: una vecina asoma la cabezota y le dice: “¿Usted también escuchó? Algo está pasando allí dentro. Qué bueno que Vd. vive en este piso”, y se queda a la expectativa, piadosamente, la vecina. Al vecino no le queda más remedio que tocar el timbre. En efecto, hay un gran escándalo allí adentro, testimoniando que las cosas no marchan bien del todo en el universo. Cuando el vecino toca el timbre, ante la mirada escrutadora de la vecina, el ruido adentro del apartamento de Laura–Carlo cesa.


Situación bastante hilarante. La vecina lo comenta todo con la mirada. Cuando Carlo abre la puerta, ella se mete sin embargo prontamente a su apartamento. Hay que perdonarla. Carlo tiene un semblante, una portada cadavérica. “Amigo”, trata de decir el vecino. “Vecino”, trata de añadir el vecino. Pero nada le sale bien.

Carlo ha abierto la puerta, pero sólo un poquito, y además con la cadena puesta. Una precognición amarga se agolpa en el paladar del vecino. Y sin embargo, ya no hay vuelta de hoja: allí está, sin saber qué decir, y muchas ganas de salir huyendo. Sería bastante fácil decirle a Carlo: “Disculpa la interrupción, necesito algo de azúcar”. Pero luego piensa en la mujer, en Laura; acaso está en problemas; hay que ser un verdadero marica para no hacer algo al respecto; por lo menos averiguar… Existen las llamadas “fuerzas de flaqueza”, en los seres humanos. ¿De qué otra manera puede explicarse la forma en que el vecino troca el rostro ya verdiazuloide de terror, por un rostro relativamente estable? ¡Ah, esta clase de paisajes no son frecuentes en el cielo, en dónde todo tiene el cariz más aburrido!

Por supuesto, una fachada. En el fondo, el vecino está tan incómodo como si estuviese pisando su propio hígado ensangrentado. Y un viento suavecito, una brisa en el corredor, le recuerda cada cierto tiempo lo poco hombre que es.

El rostro de Carlo transpira, enojado.

–Escuché ruidos –dice el vecino con todo tipo de prudencias–. Quería saber si estaban ustedes bien.

Mientras dice esto, el vecino trata de echar un vistazo adentro, de discernir una sombra, de capturar una oscuridad al fondo del apartamento. Pero Carlo es aprehensivo, y mantiene la puerta muy cerrada, para que el vecino no pueda percibir ni un ápice de la Reciente Batalla.


–Sólo quería hacerles saber que me tienen ustedes a su servicio –apunta el vecino.


La imagen del pasillo prolongándose sin sentido podría bien ser el epílogo de una novela.
Carlo lo escruta, con una mirada que traspasa todos los pórticos y se proyecta en el difícil equilibrio moral del vecino.


Hay una tensión elíptica entre el vecino y Carlo.


–Aquí no pasa nada –finge Carlo. Su rostro es blanco.


El vecino recuerda a su propia mujer, cómo salió hoy por la mañana a la oficina, tan vestida, tan perfumada… Y lo mucho que la quiere… Y las caricias tiernatontas... Este recuerdo se ha incorporado al momento, haciéndolo aún más vulnerable. Pero en lugar de calor, le ha dejado una nostalgia glacial y paranoica. Carlo abre un poco la puerta, muestra un bate, y repite, con menos propiedad:


–Aquí no pasa nada.


Y cierra la puerta. El vecino comienza su penoso regreso al propio departamento, frustrado.


En el corredor, el silencio.


Da un paso.


El corredor y su silencio.


Disgustado por su incapacidad de llevar las cosas a su máxima consecuencia, por tanto titubeo, y tanta fluctuación, el vecino está en una posición muy propicia para desarrollar algún tipo de decaimiento general, o depresión.


Una depresión parecida a la de las paredes del pasillo, que grismente lo miran a uno desde una silla de ruedas.


Grismente, las paredes.


Un minuto.


Siete minutos.


Ya.


El vecino regresa. Vuelve a tocar el timbre. Su dedo se hunde en la sustancia–dimensión del timbre, y a ello le sigue un sonido vibratorio, pausa sofocante que dura varios eones. Los buitres ya están esperando, en el pasillo. Carlo vuelve a abrir, asombrado de tener un vecino tan asombrosamente idiota. Es casi placentera, casi sedante toda esa adrenalina, esa gana agolpada de matarlo a batazos. Esta vez Carlo abre más la puerta. Ya no le importa. Animadamente, babea. En verdad está babeando. Su cabeza es un horno en dónde parpadean viejos rencores, pero esta vez nuevos.


El vecino siente lo mismo que sintió cuando su padre lo regañó alguna vez (entonces era un niño por lo menos tierno) porque estaba leyendo en la mesa. Su padre era un hombre demasiado serio, demasiado ajustado a lo que uno entiende que es un hombre serio.

Carlo lo mira con alta repugnancia:


–Buenas noches de nuevo –dice el vecino, estúpidamente.


Carlo se arremanga la camisa.


El pasillo, la escasa luz del sol, la atmósfera de peligro, más allá de cualquier salvación. “Es demasiado tarde”, alcanza a concluir el vecino. Y en efecto, Carlo le está macerando el hocico a puñetazos.

–¿No te lo dije? ¿Eh? ¿No te lo dije?


Lo equivalente a estar en una cárcel muy roja, muy vacía.


El vecino deja escapar un chillido algo femenino.


Que enfurece más a Carlo.


–Y aparte de todo, marica.


Dice Carlo.


Colectividad de puños, patadas.


–No lo haré, no me iré –suplica casi el vecino, con la nariz quebrada.


Carlo es como un Cabeza en forma de sol, circunferencia de fuego.


Carlo echa serpientes por los ojos.


Pac. Un golpe en la quijada del vecino.


En cuanto a los demás vecinos, están temblando de miedo, detrás de las puertas. Ninguno se atreve a llamar a la policía.


El vecino se pone una mano sobre la nariz rota.


–¿Quieres más? Tengo más para darte –dice Carlo. La anatomía de Carlo está acentuada por el juego de sombras del pasillo.


Dolor insoportable en la nariz del vecino, granada de terminaciones nerviosas.


La ira de Carlo no disminuye:


–Mierda. Mierda. ¡Mierda!


Repite Carlo, mientras empuña el bate.


La sangre mana, elástica, de la nariz del vecino.


Carlo le pega un batazo. Es un Anatema Cósmico, que el vecino recibe filosóficamente: sin agitarse: profunda aceptación.

El batazo es tan doloroso que ni lo siente.

El vecino está un poco más allá del dolor y del placer.

Sus sentidos ya no traducen lo que está ocurriendo.

Más bien, tratan de ocultarlo, como a veces los hijos le ocultan una verdad rigurosa a un padre enfermo y anciano.

Con once golpes más, el vecino empieza a ver una luz radiante enorme, que paulatinamente se va reduciendo a un punto solo. Y sin embargo, el vecino no es de la clase de gente que se muere así nomás –la suya es una genética maciza. Una genética oscura, persistente. Maciza.

El bate come, devora las facciones del vecino, en colérica inspiración. Pero incluso los más sádicos se cansan. Carlo interrumpe su pequeña orgía. A decir verdad, empieza a sentir que se ha propasado un poquito.

Acto seguido, Carlo procede a meter en su departamento ese todo de huesos y sangre que canónicamente yace desplomado en el corredor del edificio. Carlo lo hace con cariño, como si estuviera llevando a la banqueta a su sobrino atropellado, a un amigo muy borracho. Un esquema o rastro de sangre queda en el piso. El vecino es como un heraldo, un héroe acribillado. Carlo aparta la puerta con un pie, tira el bate adentro, y éste cae sobre la alfombra sin escándalo, luego ingresa al vecino, con un trapeador limpia como puede, mal que bien, la sangre en el pasillo, y se autoriza un suspiro de alivio: nadie ha salido, nadie se ha enterado (pero no es cierto: todos se han enterado). Luego cierra la puerta con cierta premura, pero sin perder la objetividad experta de sus penúltimos actos.

El vecino, en su inconsciencia, alcanza a medio abrir un ojo y comprueba con horror que Laura yace en el suelo de la cocina, chorreando sangre. Un cierto sentido de seguridad primaria le dice que tiene que hacer algo, pero en cambio su cuerpo se ha instalado en un embotamiento preocupante. Una segunda voz le está diciendo que todo se ha acabado. Y una tercera voz, beatíficamente, le está diciendo que todo va a estar bien. Esa voz es la mía.

Por alguna razón, Carlo ya le está amarrando manos y pies al vecino, con la misma mirada circunspecta con la cuál un bibliotecario ordena sus libros.

Amarrado ya, Carlo no tiene ningún problema con meterlo al clóset, junto a un millar de zapatos de Laura. El vecino agradece no estar muerto del todo, aunque sea junto a un millar de zapatos –mundo primitivo. Hay formaciones leves de esperanza en el corazón del vecino. Cierto es que el temor es aún la emoción dominante en él. Lo observo todo desde mi atalaya angelical, desde el trasmundo. Por cierto que el vecino parece un feto en ese clóset, como si ese clóset fuese el vientre de su madre. Verlo así, no nacido, me ofrece un punto de compasión…

Hasta que al fin, como en sueños, el vecino muere.

Carlo ya está otra vez ocupado con Laura, confuso de sangre y destrucción. Ahora le está orinando encima, la cubre con la indumentaria tibia de sus meados. Pero esto en sí mismo le parece demasiado pobre de recursos: necesita seguir torturándola de un modo más caricaturesco, pornográfico. Busca en la penumbra de objetos la licuadora. La encuentra. Y ahora Carlo ha decidido que va a dejar caer sobre la cabeza de Laura el vaso de la licuadora. Ya lo ha elevado, como Moisés elevó en su momento las tablas de la ley.

Bueno, ya es demasiado. Este escenario deprecatorio ha llegado a un punto incómodo. Veamos. No puedo hacerme visible, pero ciertamente puedo impedir que caiga ese vaso de la licuadora sobre la muchacha, ¿no? Sería un pequeño efecto diurno sobre las pesadas causalidades, una casi intangible succión de los karmas y nada más. No es que quiera componer el mundo, no, es sólo que me gusta demasiado la anatomía de Laura. Un sentido de afecto así lo exige. El destino de esa mujer y el mío están entrelazados… Su cabello me trae el olor de una pintura lejana…


Procedo a sujetar los brazos de Carlo. Por un lado, me da mucha alegría poder tocarlo; por el otro me da tremenda pena tener que reprimir un acto de su voluntad.


Sujeto los brazos de Carlo con la dignidad de aquel que sabe de antemano que es culpable. Ningún prólogo podrá redimir obra tan ambigua: la intervención angelical. Si el deseo es la culpa de los hombres, la culpa de los ángeles es la indiscreción. Mil primaveras muertas acompañan su bondad salvadora. A un ángel le han dado alas porque su destino es el abismo, y en esta oscuridad clásica vuela cada noche.

Carlo forcejea, no sabe lo que está pasando. Un minuto, dos minutos transcurren: nada, no puede. Y sin embargo hay una sed inextinguible de arrojar el vaso de la licuadora con todas sus fuerzas sobre la cabeza de Laura; hay una excitación tangible de acabar de una vez con ella, decapitarla si posible, aunque sea lo último que realice en vida. Cinco minutos, diez minutos: Carlo contrapone toda su fuerza a esta fuerza insoslayable que lo detiene; el tono de su ira se hace más y más concreto…

Pasan los minutos, Laura abre parcialmente los ojos. Luego los abre del todo. Mira a Carlo con el vaso de la licuadora levantado y listo para soltarlo y se resigna a su muerte. Como apenas puede moverse, se resigna a esperar este último golpe. Pero luego empieza a darse cuenta que Carlo simplemente sujeta el vaso en el aire, como un estúpido, y que nunca lo tira. La prosa de los segundos se extiende, sin que nada pase. Una especie de cuadro épico, exquisitamente fijo. Laura lo mira perpleja. Luego empieza a recuperar sus energías, sus esperanzas: se levanta incluso. Cuando Carlo la mira levantarse, un pánico se apodera de sus ojos… Es él quien no puede moverse… Laura entiende que Carlo no puede moverse. ¿Es esto obra de Dios? ¿O acaso sólo un vagabundeo del azar, un accidente, un accidente de la vida? ¿No son la misma cosa, de vez en cuando? Se pregunta Laura, sin intención de hallar respuestas, sólo feliz ante el evento fortuito.


Me dan ganas de hacer una travesura: me dan ganas de hacer que Carlo se quiebre el vaso de la licuadora en su propia cabeza. De esto resultará un momento hilarante, un instante bastante cómico. Carlo, por supuesto, resiste. No es bonito ser el títere de una fuerza más poderosa que la propia, lo sé bien. No es bonito ser un monigote al servicio de tantos hilos venidos de quién sabe dónde, bailando caleidoscópicamente. No hay firmeza humana que tolere la fuerza de un ángel. Pronto Carlo llegará a su fondo. Se ha impreso en su rostro una angustia. No recuerda haber pasado nunca por algo semejante. El vaso se rompe sobre su cabeza, efectivamente. Carlo cae al nivel del suelo. Se iguala al suelo, que es el taller de las bacterias y las serpientes.


Carlo cae de culo al suelo.


Humillación babeante que sale por el ombligo del género humano y trepa sin prisa por su larga y morosa columna vertebral, llega a la cabeza, y le barrena el cerebro. Carlo humillado, fotografiado por mil cámaras invisibles. Cada segundo es una risa en forma de latido. Caída quemante a través de sucesivas estratificaciones de autodegradación, y ya dirá la eternidad si el pozo alguna vez termina.


Laura patea a Carlo hasta el alba. Un verdadero cántico de patadas. La mujer es una inmoral. Patea y patea. Es el tema de la revancha de la mujer injuriada. Es el tema de la mujer sin más hijo que su rabia. Es el tema de la mujer que se ahoga de odio. Una hierba negra crece del vientre lastimado de Carlo, y evoluciona hasta convertirse en una maleza áspera y sufriente. Carlo flota en su pesadilla, submarinamente. 


Laura no está dudando en usar la cuchilla eléctrica para cortarle el miembro a Carlo. Hasta ahora, la cuchilla eléctrica sólo ha servido para cortar el pavo en navidades que, según se infiere, han caído en desgracia durante los últimos años.


Lo primero es desnudarlo. Los gestos son rápidos, crueles.


Bien. Laura está a punto de hacerlo. Está a punto de usar la radiante cuchilla de marca internacional, que arde extáticamente y cuya risa se oye en lo más denso de las cosas. No hay correspondencia entre este acto y la razón. Debo detener a Laura, y convertirme ahora en el protector de Carlo.

Lo que hice por Laura haré por Carlo.

No puedo permitir que esta crónica alcance las dimensiones pantagruélicas que ya está alcanzando; el nivel de inarticulación que pretende colmar.  

Pero antes de intervenir, un premio sale de la nada: Laura cae desmayada, de golpe. Allí está, tierna y sin consciencia, como una alegoría. Suspiro aliviado. En verdad, la perspectiva de que Carlo perdiera aquello que lo hace más hermoso, era bastante aterradora y yo ya estaba imaginando espumas de sangre en la cocina, y el rostro blanco y hierático de Carlo, su expresión de hielo o de muerte o de tierra indignada, subdividiéndose en microexpresiones de hielo o de muerte o de tierra indignada. Habituado a tener que hacerlo todo –como una especie de malabarista– me agrada comprobar que por una vez el destino ha sido benévolo conmigo.

A menos que… ¡Oh! ¡Entiendo! Ajusto mi aparato de ondas angelicales: allí está el ángel de la guardia de Carlo: forma de mujer, manos largas, lleva puesto un collar muy elegante, y cubierto por una gabardina de los años cuarenta. No puedo estar seguro de sus intenciones, estoy en una encrucijada: ¿es que me quiere hacer daño? Cabeza tiene actitudes tan infantiles, tan estandarizadas que no me causaría sorpresa que lo haya enviado para aniquilarme. ¡Sería una lástima que este ángel quisiera herirme! Los más bellos están siempre del lado equivocado. Este momento se ha vuelto algo incómodo, una verdadera cárcel de posibilidades… Un cierto tono sepia colorea el ambiente. Y ahora, más que nunca, debo tener cuidado.

Empiezo a hartarme de esta falta de espacio, de esta falta de aire, de esta falta de maldita libertad.

Regresarán una y otra vez los enviados de Cabeza para arruinarme el día.

Nos miramos, él ángel y yo, profundamente; buscamos desmantelar con nuestra mirada nuestras zonas más profundas. Mi mano está lista para desenfundar el revólver. El ángel de Carlo no revela intención alguna, está frío completamente, como un jugador de póquer que ya lo sabe todo acerca de su contrincante. El reino de las cosas nos observa. En verdad, un encuentro decisivo.

Oh sí, las cosas guardarán en su memoria este choque de temperamentos, este gran crimen cinematográfico. El ángel de Carlo se desplaza diagonalmente, como los alfiles. Surge aquí la pregunta si sólo es una estrategia para engañarme. Ahora, como siempre, debo estar muy vigilante, observarlo primero, observarlo hasta conocerlo en toda su perfección, así como en toda su imperfección. La incertidumbre cae desde mil ríos en el aire, centelleante, tan dulce, brillante, como una baba magnífica.

El ángel de la guarda de Carlo se divide en doscientas calaveras, que me rodean, danzando. Luego se vuelve a unificar. Luego se quita la gabardina de los años cuarenta, y noto con cierta exaltación que está vestido de cuero, que sus nalgas son perfectas, que tiene unos pequeños senos hermosos. Todo muy intimidante. A lo lejos viene volando un pájaro… No, no es un pájaro, exactamente. No sé qué diablos es, pero viene acercándose, a gran velocidad. Me pongo a la defensiva. El ave–cosa se posa sobre los hombros del ángel de la guarda de Carlo, esperando las órdenes de su maestro, cuya cabellera rubia cae como una cascada salvaje.

El ángel de la guarda de Carlo es muy bello –muy bello. Debo proteger con tres círculos mi autoestima para no sentirme inferior a él. Alisto a Devenir, mi espada. El ángel no se inmuta. ¿Qué pensará de mi relación con Carlo y Laura? ¿Qué sabrá de mí? ¿Qué le habrá susurrado Cabeza acerca de mi persona?


Sus orejas puntiagudas. Sus ojos gigantescos azules. Además posee un tercero, muy negro en la frente. Que lo vuelve intensamente sensual… Lo primero que hago es arrancarle esa larga cabellera rubia. El ángel no resiste: es un maestro–bejuco. De inmediato el pelo vuelve a crecer, mágicamente, tan abundante, y largo como antes, pero esta vez rojo… Un verdadero guerrero de casta… El ángel da un paso adelante, y tiemblan los pilares, los sombreros, los cuadros, las pitonisas, los laberintos. Da otro paso adelante, y tiemblan los océanos, los cadáveres, los edificios, todo el mundo espiritual conocido y por conocer tiembla. Aprieto mi espada, quizá demasiado, por los nervios. Un tercer paso hace temblar los corazones de los hombres, que por un instante sienten una especie de incomodidad o desasosiego, una suspensión al unísono, un terror colectivo. ¿He dicho ya que el ángel tiene las orejas puntiagudas? Cada paso suyo viene a ser como si un rinoceronte colisionara contra la calle, luego de caer cuarenta y dos pisos. Como si el tambor de todos los siglos decidiera soltar su frustración. 


Otra cosa que me ha llamado la atención acerca del ángel de la guarda de Carlo es esa expresión de profunda tristeza. Una tristeza que es como un fantasma que lo corroe todo, una especie de sal que deshace los hierros, las puertas, y las estatuas. Sus manos, por otro lado, están rodeadas por un resplandor sereno, posiblemente debido a la figura compleja que ambas forman cuando se enlazan. Es un gesto arcano de poder, antiquísimo y extremadamente sutil. Un ser humano no podría sostenerlo más de un segundo, sin sentir una quemazón en el plexo solar, sin que le naciera un cáncer gratuitamente. Es así de poderoso. Requiere un extraordinario discernimiento de la realidad, un largo retiro a las capas más desérticas del ser… Este ángel es un enviado especial... Un investigador del vacío… Decididamente, Cabeza me está halagando… Me ajusto el sombrero, luego el chaleco, y prendo un cigarro. Posiblemente las cosas se van a poner brutales por acá. El revolver está haciéndose más tangible en su funda, más dispuesto a cualquier cosa.


El ángel porta un sable largo como la noche. En su mano derecha, lleva puesta una manopla que seguramente ha derribado a millones de interventores. No tendría sentido no hablar de las dos pistolas que lo acompañan: semejantes piezas podrían abatir una catedral, traspasar mil mujeres histéricas, pulverizar cualquier montaña. Es evidente que está mejor armado que yo. El miedo me envenena por dentro…

Nuestros campos de energía se tocan: la mezcla ocasiona un temblor aullante, una conmoción de todas las verdades fijas… Muchas figuras se desgeometrizan al cambiar sus respectivas cargas. El tablero se está configurando de una manera extraña… El terreno de combate adopta formas sinuosas: cuevas, pliegues, espejos, drapeados… Se crean multitudes de sombras, virtualidades que fatigan nuestro ser. Tengo sed, tengo tanta sed… ¿Sabrá cuál es mi coordenada, ya? ¿Cuál es mi fuerza y mi debilidad? Me muevo rápidamente sobre los tejados de esta ciudad deshabitada. Hay juguetes viejos tirados en las calles. ¿Qué significa esto? No sé. No sé. Me sigo moviendo, corro con ligereza. Debo llegar al centro de la ciudad antes que él. Debo posicionarme. Debo estar listo. Los ruidos finos de la noche me acechan, como animalillos del vacío. No puedo distraerme. No puedo darme ese lujo. No puedo pensar en Carlo ni Laura en este momento.

El laberinto se transforma, se acelera, se hace más y más complejo. Corredores que se achican o se alargan, abruptamente. Pasillos que desaparecen. Zonas que se hacen autosuficientes. Laberintos generando laberintos. Paredes que gritan todas a la vez. Implosiones radicales. Y toda suerte de basura. Deshechos comestibles, restos de animales. Un olor fétido. Estatuas rotas de mujeres desnudas. Cabezas, brazos, torsos rajados. Y estatuas de hombres desnudos, efebos fracturados. Este juego no me está gustando nada: el laberinto ha ingresado a mi psiquismo. ¿Qué cosas estará viendo el ángel, de otra parte? Lo importante es no identificarse con nada, sino mantener los diez centímetros sagrados de distancia ante cualquier imagen: los diez centímetros absolutos. Pero no es fácil: las fuerzas de atracción son tan demandantes… Mi libertad se ha contraído, peligrosamente, en mi interior, y es como uno de esos intestinos que llevan por dentro los humanos. Ahora comprendo: un intestino es una libertad acomplejada, replegada en sí misma, que ha desarrollado vellosidad, movimientos peristálticos, que cuando avanza lo hace muy lentamente, con una morosidad sorda.

Me siento a meditar. Contraigo una posición noble. Mis ojos cerrados, en un acto temerario de confianza. Un campo de energía me rodea. Toda la quincalla, la sustancia residual se desvía al tocar el escudo energético que he creado, luminiscente y morado. Niveles altos de atención y conciencia. Una de las meditaciones más profundas que he realizado. Por mi columna vertebral suben y bajan pequeñas entidades de poder, como en la escalera de Jacobo. Flores crecen en mi pecho. Y un esplendor me rebasa, algo más grande que yo mismo se ha instalado dentro de mí. Soy, entre todas las cosas, una pluma.

Por supuesto, el ángel no pierde el tiempo. De inmediato ataca, enviando imágenes, constructos torcidos de conciencia. Entre las cosas que envía se encuentra un ejército de ratas hambrientas. Las puedo sentir tan cerca, las veo mancillar mi piel con sus dientecillos sucios, estoy consciente del dolor que me provoca esta mutilación formidable provocada por roedores vivos. Compruebo cómo sus largas colas forman una trama maniática, irrefutable. Están todas sobre mí. Conozco el plan del ángel: hacerme tambalear y perder pie: que yo pierda toda ecuanimidad. Pero no pierdo la ecuanimidad. Estoy sentado sobre mí mismo y el mí mismo está sentado sobre sí mismo. Eso que soy es vasto e impersonal. No observa criterios morales. No se especializa. No se ramifica de ninguna manera. Mar sin ríos. Unidad pura. Las ratas ya me han arrancado buena parte de mi Forma. Dejo. No altero. No grito. 


El ángel opta entonces por otra táctica. Sabe cuál es mi debilidad, este ángel. El ángel decide masturbarse, delante de mí. Es una imagen cruda, sutil. Oh, me ha arrancado de mi meditación. Su masturbación es una escultura viva. Una especie de ritmo ensordecedor que a veces se hace extraño y vertiginoso, y a veces suave y delicado. El ángel ha cerrado los ojos. El machete entre mis piernas erecciona. El ángel lanza pequeños gemidos caninos, ay, dolorosos. Se encoge y se estira como un gato sin sosiego. Usa su lengua para lamerse a sí mismo. Se pone de cuatro patas. Se autolame el culo. Movimientos epilépticos. Esta danza me está enloqueciendo. Sus finos dedos…


Pero el ángel, no contento con masturbarse, crea una orgía entera a su alrededor: miles de hombres (parecen o son monjes) masturbándose ellos también, tocándose ya entre ellos, sincopados, sudorosos, exaltados, como perros con rabia. Sodomía, deseo masivo, felaciones hipnóticas, semen siempre. La representación misma del caos sexual. El machete está más erecto que nunca… Los hay que son violados entre otros, tres o cuatro, hostilmente… ¿No es esta sucesión de cuerpos bastante parecida a una gran serpiente, como una gran serpiente de escamas húmedas? ¿No es esta reunión de cuerpos un solo cuerpo a la vez, un engrudo de placer y dolor? ¿No estoy condenado a ver este espectáculo siempre, vaciándome hacia él, como se vacía un escroto?

El efecto de pérdida de identidad es demasiado fuerte: me estoy deshidratando en toda esta agua. Me voy hacia todas las masturbaciones, con todos los flujos, hacia el río mismo de las sensaciones. Mi conciencia está inundada de promesas de éxtasis, de orgullos de placer, de cuchillos que desgarran la piel como pan ardiente. La sangre y la saliva. La corriente sensorial me lleva hacia las latitudes del extravío completo, hacia las regiones fecales… Mil gemidos se sobreponen, un concierto que es ya un asesinato en masa, un genocidio. Como que matasen a miles de niños inocentes… O como que estos niños me matasen a mí… Se ha abierto una de las puertas del Castillo de los Fratricidas…

No. Me domino. Me controlo. Todo esto no es más que una alucinación, una trampa. Al darse cuenta de mi retracción, mi adversario produce un grito agudo y gutural a la vez: no está contento. Los monjes masturbatorios se han eclipsado, con todos sus gemidos… Estoy solo otra vez, frente a mi enemigo. He empuñado la espada, que brilla bajo mil soles. Un momento destilado, puro. Hasta los muertos desean presenciar este instante, esta nueva infinitud. Los ángeles carecen de sexo, salvo uno de ellos, cuyo sexo es un machete formidable: ha sido el castigo–presente que Cabeza le ha dado por escoger el Sendero de la Contradicción. Este machete será fuente de gozo y destrucción.

No consiento que este ángel se apodere de mi conciencia. No consiento que este ángel haga de mi conciencia un asilo. No consiento que me penetre de esta manera. No consiento que me colonice con sus moscas.

El ángel me despacha un sablazo. Salto con cierto virtuosismo por encima de éste, la espada me roza los pies. Esto amenaza con ponerse muy violento. Nuestras armas todas ellas colisionan, provocando efectos zigzagueantes en múltiples dimensiones. Saltos mortales, rotaciones estrepitosas, rebotes exagerados. Hay una secuencia de golpes secos, fustigantes. De vez en cuando, un puñetazo acierta a injertarse en el cuerpo del adversario. Siempre he sido un luchador respetable. Sin embargo, este ángel es tan rápido y formidable como yo, o más.

El ángel alcanza a cortarme con un cuchillo largo y moreno. No queda más que huir a través de las estructuras, bordeando los límites, esquivando, hundiéndome en los pliegues de la conciencia, estirando los principios espirituales lo más posible, combando las posibilidades, escondiéndome. No es tarea fácil, dado que estoy herido y mi fuerza disminuye. ¿Qué hacer? Se me ocurre algo. Huiré verticalmente. Emprender una huida vertical requiere de una gran exactitud; cada salto debe ser perfecto; pero en realidad, es mi única posibilidad de salir ileso. Saltar de piedra en piedra, sobre el río que sube…


El ángel dispara para suspender mi huida. Las balas traspasan cualquier resistencia material –paredes, automóviles, edificios– pero ninguna me alcanza a mí todavía. Debo tener mucho cuidado en no despeñarme. Es muy fácil confundir una grieta con un nodo de energía.


Además, estas malditas balas no me permiten concentrarme. Ya otra bala me ha rozado la oreja; más aún, me ha arrancado medievalmente el lóbulo. El incidente modifica mi línea de acción, me hace perder el equilibrio. Me resbalo al agujero, que está lleno de extraños pájaros con los cuáles no estoy familiarizado. Contra uno o dos colisiono, en mi descenso vertiginoso. Voy transmigrando de un vacío al otro. En el desplome, se acumula un gran diámetro de incertidumbre, en efecto alud, creando un sistema de probabilidades místicas que amenaza con desintegrarme. ¿Cómo terminará este proceso? Espero devotamente la respuesta.


Finalmente, la superficie dura detiene mi caída. Me hallo en lo más lento y molecular que hay en el universo, pero a pesar de que todo mis huesos se han roto con el golpe, y todos mis dientes yacen desperdigados en las cuatro esquinas, y no puedo ni moverme. Contemplo embebido los edificios grises, las rocas; escruto con alegría las cualidades rigurosas de lo que me rodea, lo hiperfísico; y experimento el dolor, los cambios químicos, las estaciones…


Felizmente, logro ensamblarme de nuevo, me levanto, sólo para darme cuenta que el ave–cosa que se había posado sobre los hombres del ángel se acerca a mí desde las alturas. ¡Ese maldito animal me ha seguido por todos los reinos! ¡Se ha reencarnado sucesivamente! ¡Se ha hecho uno con cada fenómeno!


Cuestión de continuar la fuga, hasta que se pierda en uno de los recodos... Lo que más me molesta de tan menudo engendro es su infernal risa, trabajándome los oídos. Me estoy derrumbando, como siempre, por el lado de la intolerancia. No puedo permitir que esto suceda; no puedo bajo ninguna circunstancia sentirme superior a mi adversario, porque cuando eso suceda mi adversario me habrá atrapado. Me sumerjo: mundo de ojos, que miran a otros ojos, que se miran en el espejo. Mi propósito es que el ave–cosa se vuelva loca, en este lugar. Lamentablemente, esto no da resultados: todo lo contrario, parece más segura de sí misma.


Por lo tanto, doy un salto a otra dimensión, donde el resplandor me hace arrancarme los ojos. Zigzagueo por la luz, como un torpe imbécil. Mi existencia entera se pudre ante tanta luz. ¿Cómo pretendía preservarme aquí dentro? Debí saber que no era la mejor opción para mí ahora. Estoy en la dimensión equivocada.


Rodamos con el pequeño monstruo hasta un lugar en dónde todo flota, amnióticamente. El silencio es absoluto. El silencio es absoluto y amargo. El silencio es absoluto y amargo y oscuro. Lo mismo que nadar en las vísceras líquidas de una anciana. Es intenso y doloroso. Todo yace en quietud apretada.

Hasta que una corriente inesperada nos arrastra. Tanto yo como el ave–cosa caemos de rodillas.

Ahora nos encontramos en un mundo de vastas superficies parpadeantes, en dónde crecen plantas raras que hablan un montón de idiomas muy complejos.

En el forcejeo, nos desplazamos a una gran red o campo de energía, un continuum, asombrosa sustancia de interconexión e intermediación, en dónde las arañas se desplazan por hilos finísimos, y de vez en cuando atrapan una mosca–imagen y la devoran, y crean nuevas telarañas dentro de las telarañas, nuevos universos y multiversos.

Parece que el ave–cosa no se siente tan cómoda aquí: aprovecho para mandarla de una patada al Abismo. ¿O es que el Abismo ha extendido su mano Abismal y la ha recogido? Se hunde en la oscuridad…

El ángel grita –su plumaje se oscurece abruptamente– al ver a su rara mascota caer. Su grito es una desgarradura, un chillido insufrible, introito formidable a una secuencia irracional –grita, patalea, se golpea. Era, pues, su debilidad. El ángel me mira, devastado, como pidiéndome permiso de algo, como implorando.

Salto hasta dónde el ángel se encuentra, y le clavo mis dientes al cuello.

Así es como un hermoso espécimen angélico vive su último minuto, y una exhalación oxidada brota de su hocico tierno. Capitulación peliculesca y digna; incluso a lo lejos, una bandada de pájaros cruza el horizonte. Es un grupo de aves verdosas, en la orilla del mundo.

El ángel es ya, por fin, completamente, una visión realizada, ahora que expira en mis brazos.

Entre los dos formamos una pintura, un óleo intenso y glorioso.

Pongo su cuerpo sobre el suelo con gran respeto. El cadáver tiembla ligeramente, difuminándose sus partículas, hasta formar una isla sin contornos, algo borrosa, ya intraducible. El cadáver está desapareciendo. ¿A dónde van los ángeles cuando mueren? ¿Habrá una especie de depósito angelical? Espero que no. Espero que no haya otro lugar para los ángeles, otra teología que ésta. Deseo algo que muera verdaderamente. Los entes cuya vida es eterna tienen algo de tarados. Cabeza merece que por lo menos una de sus vísceras no posea misterio, que por lo menos un sector de Su Cuerpo sea Mortal; es justo, es lo mínimo… Ya estoy harto de esta lava, de esta profundidad siderúrgica…

Laura, Carlo: los había olvidado. Pero allí están: duermen. ¿Cómo pueden descansar en semejantes posiciones? Realmente, las posturas que han adoptado parecen incómodas, descoyuntadas, no naturales, pero por otro lado hay una serenidad en ellos que desmiente la aparente contorsión. Es como si dos payasos, dos mimos estuvieran echando la siesta. Divertido y poético. Verlos así da una sensación de gozo completo, de alegría y cabalidad. Se han golpeado mucho el uno al otro, pero intactos están los rasgos que me gustaron en ellos desde el principio… Como si esa parte de ellos no pudiera ser mutilada en ninguna forma, como si estuviese protegida por una alianza arcana… Son bellos. Son hermosos. Son tan agraciados. Son obra de un polvo más fino que el de otros mortales. A Cabeza le agradezco una cosa: el haber introducido a Carlo y Laura a la creación. Lloro, entre la exaltación y el pasmo.


Verlos así me estimula grandemente. El machete vuelve a erguirse; pasa de estar muy quieto entre mis piernas a un estado de enhiesta tiesura: ya está listo para la batalla. Por fin su ideal erótico está a punto de completarse. Su filo se afila. Su brillo brilla. Del metal se desprende un aullido, un grito que estaba impreso en el fondo de su materia, un deseo inculcado, por fin libre. Esta anomalía genital pide a gritos un orgasmo. No hay opúsculo que indique cómo calmarlo; federaciones sucesivas de sabios no sabrían mitigar su ambición. 

Laura, por ejemplo. Toda cubierta de sangre. Esa sangre sobre ella es casi mi sangre, si tuviese alguna. Laura. Laurita. Soy como una luz llevada por un aliento invisible a la piel de Laura. Para empezar, su cabello. Observo todo ese cabello, a medio camino entre la seda y la brisa. Su cabello es de tal suavidad, que el que hunda allí su mano encontrará del otro lado la carne tierna de Cristo. Mis manos de ángel son demasiado grasientas para ese cabello.


Por ejemplo, sus pezones. Sus pezones, y sus senos completamente. Esa economía, esa perfección. He observado el ser de sus senos como se observa el último misterio. Un misterio que no admite comentarios. Un misterio intraducible, sin fondo: superficie pura. Consiento a rozar el pezón con la punta del machete; un ligero corte, ligerísimo, pero que libera imperativas cargas de energías metafísica–eróticas. Oh, tiemblo.


Ya, de una vez, hablemos de la vulva de Laura. Envejecida, nueva, facinerosa, asustada, fría, punzante, madre, núbil, erosionada por los siglos del deseo. Su precinto, mil veces derrotado, está incólume. Sería una convención decir que la vulva de Laura es una flor. Y sin embargo lo es. Una flor carnívora que ha tragado y engullido relojes, dientes, estómagos enteros. Escucho su ronroneo casi imperceptible.

Bueno, cosa aparte son las nalgas. Esas dos nalgas, las más de las veces, me ponen de rodillas. Me dejan tonto, como atropellado por mil búfalos celestiales. Es como si alguien me atravesara el corazón con una larga espina de pescado. Como si mis pies fueran dos llamas quemándome siempre. Esas nalgas diminutas tirando a voluptuosas. Suceda lo que suceda, debo tocar esas nalgas. He dicho.


Ante Carlo me sucede lo mismo: me quedo sin palabras. Su cuerpo influye a tal grado en mi estado de ánimo, me transfigura… Reconozco que pierdo el control ante cada uno de sus lunares. Identidad profunda al ver los genitales de Carlo. Oh, Cristo perfecto. En el horno de los cuerpos, el de Carlo se distingue. A su modo, él es un ángel. Un neoángel. Un ángel de los porvenires. Un ángel humano. Debo confesar que a veces zozobro: ¿será un espejismo? Si me acerco a él, ¿desaparecerá por tanto?


El pene, su pene está bien recatadito; tímido, hospeda cierto comedimiento. ¡Podría rozarlo con una pluma de arcángel, y muy pronto despertaría! ¡Criatura teatral, a veces tan discreta y luego envuelta en pasión! No hay cosa más imprevisible que una verga. ¡Los microbios se apartan, ante una erección! Elementos, muebles, cuadros: ¡colaboremos para que nazca la tensión impávida, sanguinaria! ¡Un grito de venas! Y luego, simplemente, envolveré al pene en un diario usado, y lo llevaré debajo del brazo, como un pan, feliz por siempre. 


¡Está bien, me quito la máscara: también me gustan sus músculos! Cada uno de sus músculos es un mundo bien formado, compacto, agradable a la vista, delicioso al tacto. Me siento secundario ante la musculatura efébica de Carlo. En un universo más justo, ¡él cargaría estas alas! ¡És sería el ángel! ¡Las medievales injusticias de Cabeza! ¿No habrá algún anagrama místico, alguna palabra mágica que deshaga esta obra sucia? ¿Qué loco trabaja en los talleres divinos, millonario de ineptitud?


¿Su rostro es suave o masculino? ¿Suave, masculino, mágico, perfecto? Caigo en un pozo de especulaciones, mediciones, comparaciones, descubrimientos respecto al rostro de Carlo. Lo observo cuidadosamente, aproximándome a un ángulo y luego al otro. El vientre se me hunde en espiral ante esta majestuosa obra de arte. En la cara de Carlo, un verano de dolor y hartazgo centellea. La luz de la cocina ensucia y poetiza.

“Soy el ángel más original, el solitario, soy el Tercer ángel”, me digo con una risita estrepitosa. Pronto la risita se convierte en una carcajada, y pronto la carcajada se convierte en un pájaro desequilibrado, que vuela rebotando contra las paredes de la cocina. Lo mato de un manotazo. Estoy nervioso. La posibilidad de formar una trinidad erótica con ellos se hace cada vez más y más fuerte. ¡El olor de sus axilas! ¡Debo huir! ¡Debo salir de aquí! ¿A dónde? ¡Ya sé! ¡Al fondo de un lago! Plaf, me dejo caer en el agua, mareada en su quietud. Nado hasta el fondo, hasta lo más profundo. Oscuridad, densidad. Ciudades vacías, deshabitadas. Quizá aquí, en esta ciudad de ahogados, pueda liberarme de mi deseo punzante. No es que no quiera hacer el amor con ellos; pero debo esperar a que despierten. Soy un caballero. Un ángel de bien. Como Cabeza, salvo que Cabeza no tiene modales (ni modales ni corbatas: es un salvaje: Cabeza es toda esa fineza que le hace falta a Cabeza).


No, esto no está funcionando. Lo mejor es que me meta en el fondo de una caverna. Porque, ¿no es grotesco abusar de alguien sexualmente mientras duerme? Una orgía en estas condiciones, ¿no resulta deleznable? Aquí, en esta caverna de tono prehistórico, estaré a salvo.


O quizá no...

El machete se afila contra las paredes: tiene hambre.

Regreso al departamento. Intento hacer que Carlo como Laura despierten. Pero son como dos corresponsales de guerra, muertos en la batalla. Tardaré treinta años en hacer que uno de ambos abra un ojo. Despertar es tan difícil, para los amantes desdichados. Laura: una lengua muerta. Carlo, el penúltimo dinosaurio.

El durmiente es el heredero de los enterrados.

El machete al fin toma la decisión trascendental de penetrar a Laura, hundiendo su punta abusiva–obsesiva en su vagina tierna. Al principio, como husmeándola, como examinándola, dándose un tiempo, aquietando el malestar, la timidez, el pudor, la vergüenza. Un ligero tanteo, un sutil reconocimiento. Integrando cada milímetro de las paredes vaginales a su etérea exploración; haciendo un trabajo minuciosamente científico; dando lugar al asombro lento del descubrimiento. Éxtasis del antropólogo que intercambia señas con un pueblo olvidado; o de un antropólogo que sostiene una pieza mágica proveniente del hocico de los tiempos. El machete venoso no se priva de ningún área; rastreo, monitoreo, conversación total con el tejido de Laura.

Se introduce, finalmente, a secas, de un solo golpe, el aterrador machete. Laura abre los ojos al pánico.

Percibo esta confusión, este gordo gusano de miedo de Laura, pero no hay nada que pueda detenerme, a estas alturas, una fuerza formidable me impele a consagrar el acto, el coito. El placer es tan grande… tan denodado y extraño… combado y fuerte… tan innegociable... Que Laura simplemente tolere esta sagrada novedad de los tiempos: un ángel fornicando. Músculos, células especializadas, sudor, instinto. Laura grita como endemoniada, como una enferma que descubre nuevos grados de dolor, nuevas resistencias del mundo organizado. Esta crisis reconfigura ferozmente su cerebro, su capacidad de generar y recibir experiencia.

Metamorfosis de la biología, experimental conversión de la ordenanza fisiológica. Cercenada la trompa de Falopio. Cortada una parte significativa del tejido que une área genital y ano. Cóccix magullado. Es como si una granada de fragmentación hubiese caído allí mismo, dejando en el suelo a todos esos niñitos mutilados… El machete formula un sonido –zip, zip– cada vez que ingresa y que se retira: es el sonido de lo que divide, rasga, y reordena. Es el sonido de lo que inutiliza. Es un sonido infernal. Grandes tajos de Laura se desprenden de su cuerpo, como filetes perfectos de su carne, como un pez que está siendo rebanado. ¿Qué haré con todo esto? ¿Me lo comeré, acaso?

El placer es gigante; no voy a ocultar que el placer es gigante, que he encontrado eso que anhelaba, que no he sido por un segundo desengañado, que no ha habido frustración o cosa parecida. El rito ha dado nacimiento a un nuevo género angelical: el ángel transmoral, el hedonista de los cielos. En el futuro, habrá una miríada de otros como yo. Ni diabólico ni altruista. Simplemente, una antena capturando las ondas de la colisión de las cosas creadas. Laura ya se ha desmayado. Ha sido todo mucho para ella. Prosigo por un rato. No importa. Su conciencia no aporta nada a mi placer. Mi placer es un navío temerario cruzando las aguas de inconciencia de Laura; surcando su tempestad de oscuridad. Mi nave cruza el gran párpado mojado sin vida de Laura, hasta el fondo de los hilos y las terminaciones nerviosas…

Y sin embargo, no. Como que algo me está faltando. Como que me está llamando un poco la atención Carlo, ahora. Quiero decir, los deliciosos vellos anales de Carlo. ¿Qué significa esto? ¿Qué debo empezar a acariciarlos, como si fueran los vellos de una fruta extraña? Me parece que sí. Me parece hay que ceder a esta curiosidad que me asalta las huellas dactilares. Así que me salgo de Laura –que ha resultado ser un estuche precioso para mi incontenible demencia– y me dirijo a la persona de Carlo, y tomo sus nalgas duras, y asumo que allí es dónde afincaré mi deseo de ahora en adelante. El machete abre su pequeño hocico con dientes, babea ligas densas de lluvia amarilla. Luego se mete, abriéndose paso por el ano que es como otro hocico, pero más pudoroso, más recatado, más tímido y timorato. El machete está caliente–hirviendo. Eso explica hasta cierto punto el olor a carne chamuscada. Enterito el machete se ha metido en el ano piadoso del muchacho.

Carlo grita con cierta exageración que me molesta y fastidia. Sus gritos se estrangulan unos a otros. Se ahorcan unos a otros. Se puyan unos a otros: grandes bayonetas gastadas. Especie de guerra civil de los gritos de Carlo. Al morir, los gritos sueltan otros gritos, que son más fuertes, más gritos. Y esos gritos a su vez se matan entre ellos. Lo cuál da una secuencia ad infinitum, un vocerío y un averno de formidables episodios, con ecos a todos lados. Sólo mi Machete permanece silencioso, asertivo, trabajando. No dice nada, como los buenos obreros. Sólo él sabe en dónde está Carlo, en medio de tanto grito gritante. En esta piara, en este engrudo y en este lodazal.

La totalidad de la acción erótica sobre el cuerpo de Carlo provoca una verdadera sopa de materia fecal y sangre, una colisión de sustancias, olores, sabores, viaje extraordinario al punto de no retorno de los sentidos, apretazón en el terreno escandaloso de los líquidos humanos. Lo cuál me estimula más todavía; redoblo el ritmo de la fornicación, que hasta ahora era rápido y acompasado, y ahora se hace frenético, fanático, un chapoteo incesante. Me sudan las piernas. Me suda mi frente sin arrugas y perfecta. Carlo está ausente, mientras trepo en las interioridades de su intestino fatal, mientras lo sujeto del pelo; como Perseo sujetando la cabeza tosca de la medusa, canto de placer y destrucción. Las cosas bajan la vista en silencio, avergonzadas y envidiosas todo junto. La sangre de Carlo se adhiere a mi cuerpo luminoso, veteándolo, manchándolo, haciéndolo maligno de repente.


Por fin, el orgasmo. Un orgasmo de sal y algas y conchas y arañas muertas y alacranes y arenas y cañerías rotas y fosas sépticas y aborígenes y perros flacos y químicos y gasolina y aguardientes y cucarachas y camas usadas y caballos y cerdos y detritus y medusas y aire encerrado y miedo profundo y hamacas podridas y cuerpos ardientes y circos y basura y toneladas de basura y basurales de argumentos y palabras y manías y deseos y locuras y genéticas enfermas y silencios y una madre y un hijo muertos y casas deshabitadas y niños con grandes panzas para siempre insatisfechas y lepras y sarnas y burbujas viscosas, tal es el grito que nace de mi machete, tal es la verdad que proyecto al porvenir, tal es la sustancia fecundadora.


Me encuentro en este trance victorioso, cuando advierto, al fondo, al ángel –sí, el ángel– que yo creía muerto o exiliado. En realidad no lo está, ni lo estuvo nunca: simplemente fingía.

Retiro como puedo el machete del agujero (ahora espantoso) de Carlo. El machete tiene un aspecto enrojecido y sanguinolento. Carlo cae inerte en la losa fría de la cocina, como un conejo traspasado. Ahora Carlo y Laura se encuentran verdaderamente juntos, como siempre debieron estarlo, como lo quise desde un principio. Se miran, enamorados, unidos, en su dolor, sin poder hacer otra cosa que mirarse, sin proferir palabra, sin hablar de más, sólo entendiéndose por medio una mirada honda… Han comprendido.


El ángel se levanta en un remolino de luz, me muestra su belleza y su esplendor. Oh sí, me observa. Con tristeza. Con ternura. De inmediato estoy llorando. Es esa clase de emoción que une las cosas rotas, como puede. Esa clase de tristeza que nos derrite los huesos y la memoria. Nadie me había mirado antes así. Ni aquel niño ni aquel abuelo. Caigo de rodillas, con la cabeza entre las manos; es como si mi rostro se hundiera en el pozo de mis manos. He perdido algo en esa mirada. He perdido el brazo con el cuál me daba cariño a mí mismo. He perdido el ojo con que miraba las cosas suavemente. He perdido mi trompeta dulce. Cabeza. Me está mirando, me continúa mirando. Que por favor hunda de una vez en mi pecho su cuchillo. Que disponga de mí. Que se haga justicia. Pero que no me siga viendo. No lo soporto más. No tengo otra cosa que este deseo de no ser visto.


El ángel se eleva.

Me quedaré solo en este vasto universo.

El ángel emprende su ascenso.

Procuro sujetarme a sus pies, para retenerlo, se me escapa (dos plumas logro asir). Brinco de nuevo, pero es ya tarde. Se ha ido, dejando tras de sí una estela de flores y un aroma intolerable a pureza, dejando en la sala un vacío como el vacío que a veces se hace en ciertos vasos olvidados. No hay más. Ha cerrado la puerta. A estas alturas, podría estar básicamente en cualquier lado. Lo más seguro es que haya llegado ya al Reino. Observo las plumas que he logrado arrancarle. Están cubiertas de polvo cósmico. Mis propias alas, en cambio, están desvencijadas y grises. ¿Qué ha pasado conmigo? ¿En qué me he transformado? ¿Por qué sangro por la nariz? ¿Por qué muerdo la alfombra? ¿Por qué me he quedado tan solo? ¿Por qué el teléfono me mira amenazante? El gran Wilde está agotado. Soy el hazmerreír de las dimensiones. Beberé. Comeré. Olvidaré mi nombre. Las pulgas me evitan.


Es culpa de Cabeza. Es culpa de ese agujero oscuro. El más grande, el más ingobernable de todos los agujeros: el Agujero. Todos los entes quieren poseer a Cabeza, introducir sus pequeñas vergas en su sustancia, y empujan y empujan, tratan de tocar el feto que hay en el fondo. Pero Cabeza no tiene asideros. Bilisiblis quiso odiarlo, generar un odio más grande que Él, para poder tragárselo. No obstante, para que su odio creciera tuvo que empequeñecerse él, y luego Bilisiblis no tuvo espacio en su panza para contener a Cabeza, y tuvo que vomitar a Cabeza de vuelta. Y ésa fue su caída, y la resurrección de Cabeza. 


Laura, Carlo, en el suelo de la cocina, fríos o talvez calientes, suspendidos en la tela de araña que es el suelo de la cocina. La luz ha palidecido ligeramente. Es decadencia. Es disminución. Es el crepúsculo de la luz de la cocina. Mis pasos, gestos, sobresalen en esta atmósfera quieta. Pero no se puede sobresalir cuando se compite con lo muerto. Sentado, recostado contra la puerta del refrigerador, permito que las horas pasen. La gota del grifo cae una y otra vez. Me pregunto si es una gota distinta o si se trata de la misma gota, circularmente. Quién lo sabe, pera esa gota es lo único que se mueve aquí, aparte de mi persona. ¿A dónde irá? ¿A dónde van las cañerías? ¿Es que van a algún lado? ¿Existen?


Me acuesto junto a Laura–Carlo, y trato de imitarlos, trato de imitar sus posturas incómodas. No es fácil. Trato de mimetizar cada una de las expresiones que en ellos he visto. Imagino que estoy siendo violado por Carlo. Imagino que Laura me posee a la fuerza. Los extraño. ¿Por qué no despiertan? Quiero seguir jugando. ¿Estarán muertos? Uy, no. Eso sería terrible. Me acerco a sus corazones: laten. Débilmente pero laten. Dibujo barcos y flores con la sangre de ambos, sobre las paredes y las alacenas. Luego me lavo las manos. Luego hurgo en la basura, para entretenerme. Lavo los platos. Estoy aburrido. No sabía que la vida humana podía ser tan aburrida. Es como ver pasar un tren que no termina, y que tampoco empieza. Y a uno le gustaría ponerse delante del tren, para acabar con todo, pero ya lo dijimos: el tren no termina, ni empieza. Un gato estirándose hasta el infinito.


Lo mejor es dormir. O pretender dormir. Lo mejor es cerrar los ojos, dejarlo todo así, desordenado; renunciar de una vez al acuerdo, la estructura, el sistema, las repeticiones, dejarlo todo a la deriva, y dormir, porque estoy tan cansado, que no podría agregar nada más a la avenencia de la vida, nada, ni un aliento, ni una palabra, ni una letra al menos. Es como si una sangre pesada circulara por mis venas, una sangre de muerto, una sangre como de pájaro mojado en la sangre de otro pájaro. He dado lo mejor de mí y lo peor de mí. He visto. Duermo, como un oso de peluche. La luz de la cocina parpadea como la luz de una vieja clínica olvidada. Pero yo duermo, extraño mineral hundimiento, posición absoluta, grito anclándose en la corteza total. Que vengan mis enemigos. No moveré ni un pelo.

Sólo después de unas horas, me logro erguir, con el objetivo de ir a buscar helado al congelador. Me sirvo una vez. Y luego me sirvo otra vez. Y luego me vuelvo a servir de nuevo. Podría seguir comiendo helado hasta el Día del Juicio. Curiosamente, con sólo comer helado, el machete se yergue, se para: es muy tonto: confunde el helado con sexo: es así de primitivo. Bien. Se acaba el helado. Una especie de desesperación se apodera de mí. Tiro el bote vacío a la basura. Luego lo vuelvo a recoger, con la esperanza de sacarle un poco más, pero es inútil, puesto que el bote –bien lo había visto ya– está vacío. Si quiero seguir comiendo, tengo que ir a traer más, pero de momento no tengo ganas de salir. Podría comprar más helado, y luego hundir mi machete en el helado… Y así talvez calmarlo, calmar esta ansia formidable…

Voy al cuarto, camino un poco, me echo en la cama, veo un poco de tele, cambio de canales.

Allí hay un hombre, explicando el significado del Tarot. También presencio un linchamiento en un noticiero local, filmado con cierta concupiscencia por una cámara inquietante. Me retiene la atención una emisión sobre momias, pero termino cambiando a una caricatura. Después veo un show de modelos (reacción metálica del machete). Los canales desfilan, como vallas en una carretera. Luego vienen los videoclips, el capítulo de una serie famosa, un documental sobre animales del Amazonas, un filme de vampiros, un telepredicador... Y a recomenzar de nuevo. Soy como la gota del grifo de la cocina, cayendo siempre en el mismo lugar, erosionando el cráneo de una monja amarilla. Basta. Apago. Estoy vacío. El espejo refleja mi rostro. ¿O es mi rostro el espejo reflejando los rasgos de alguien más?

Es mejor ir a darse una tina. Preparo el agua: humeante y transparente. Por mis alas, apenas quepo en la artesa. Pero me meto allí como puedo. Luego el agua se va enfriando, pero qué importa. Las horas pasan. Tirito. Veo, sin tocarlo, el jabón. Carlo y Laura no se levantan. Estoy cansando. No me puedo mover. Me gustaría no agregar ni un gesto más a la secuencia de objetos que fluye en el continuum. Todo está siendo memorizado por un cansancio espectral: las células acumulan la grasa de los acontecimientos, y no tardarán en enfermarse. Se enfermarán: la cortina del baño, se enfermará el retrete, se enfermará el shampoo. Se enfermarán los lectores. Sus familiares les llevarán libros al hospital, pero los lectores los rechazarán, con fastidio, con un gesto seco, con náusea. Y entonces habrá sucedido lo más real y triste de todo: la poesía habrá desaparecido del orbe. Sin poesía, hasta las bestias palidecen. Me levanto por fin. No encuentro ninguna toalla para secarme.

Me rasuro lentamente, con la mirada perdida en la mirada perdida del espejo. El efecto de la rasuradora sobre mi piel áspera produce un sonido particular, no sé si molesto, agrio, desabrido. Nunca antes me había rasurado. Pensé que me iba a sentir mejor, pero de hecho me siento peor. El fenómeno de la ansiedad no se ha ido a ninguna parte; fijo, caliente, en el vientre, permanece, como un puño cerrado. No entiendo para qué pongo tanto empeño en estos gestos insignificantes; al fin y al cabo, nadie se dará cuenta si estoy rasurado o no; a nadie le importa. Ojalá pudiera llorar. Wilde no sabe llorar. Wilde no llora. Wilde se mira al espejo. La rasuradora está rodeada de una atmósfera de miedo. El cepillo de dientes. La crema para hidratar la cara. Mis dedos largos y esqueléticos. Parezco una de esas momias que estaba viendo en la televisión hace un rato. ¡Con estos dedos pretendo acariciar un rostro! ¡Insensato!

Procedo luego a ponerme toda suerte de cremas hidratantes sobre mi cara agrietada por los afligidos acontecimientos de los últimos días: una capa y otra capa, hasta formar una máscara densa, pegajosa. Parezco un mimo. Digamos que parezco un mimo triste. ¿Qué silencios guarda el mimo dentro de sí, y en qué cofre, con cuál llave? Vacío completamente los botes de crema. Primero me echo en la cara, y luego en el resto del cuerpo, sobre las alas, que quedan todas embadurnadas. Nací ángel; pero acaso debí ser payaso; un tremendo ente patético, del cuál el gran público se podría reír grandemente durante años. Se me ha dado el tremendo, el fastuoso, el monumental poder de ponerme a mí mismo en ridículo. Mi acto provoca risas parecidas a los chillidos de una guitarra eléctrica, estridencias. Oh, estoy listo para ir a dar mi espectáculo, el más grande de mi carrera…


Pero en lugar de eso me corto las uñas. Cortarse las uñas, milimétricamente, sentenciosamente, neuróticamente, como yo lo hago, necesita de una gran concentración, de una tremenda habilidad, de posturas increíblemente difíciles y tontas. Tac tac: el cortaúñas va cumpliendo su labor con cierto celo exasperante. Si voy a irme, lo voy a hacer con cierta dignidad, lo haré con las uñas cortadas. Un ángel con las uñas cortadas… 


¿No podría ser ése el nombre de una obra de teatro? Me parece que sí. La única razón por la cuál me dejaría largas las uñas es para clavárselas a Cabeza en los ojos, y enuclear al que todo lo ve.


Me dirijo al sofá, en bata. En el camino me sirvo un ron triple, que bebo con toda diligencia. Luego me acuesto en el sofá. Al cabo, me levanto para servirme otro ron, y después otro. Es verdad que ya estoy borracho, tengo ligeras ganas de volar entre montañas, pero desisto, fastidiado. No saldré nunca de este apartamento. No tengo ya las energías. Seré como el filósofo. Vendrán a buscarme, pero qué escándalo les voy a hacer… Sentirán vergüenza… Pero lo que se dice vergüenza… Una vergüenza espesa... Una contrariedad interna absolutamente desagradable… Y qué... Estoy harto de ser dócil, de ser la triste nieve bajo las pisadas.


Del otro lado del la pared, proviene una música completamente distinta: jazz. Es el disco del vecino; no se detiene, ni se detendrá. Por cierto, ¿y el vecino? Esta muerto.

Salgo al balcón a fumar un cigarrillo. El balcón duda, no sabe si saludarme, finalmente hace un gesto, un garabato de saludo. Veo ciertas cosas que me dan algún placer: un restaurante chino, un hotel a lo lejos… Y talvez un restaurante de comida rápida, bello como todos los restaurantes de comida rápida.

Espero que esta mascarada termine pronto. Pero quién sabe, a lo mejor ya estoy viviendo mi castigo. A lo mejor no podría salir de este apartamento, aunque lo quisiera. A lo mejor Cabeza ha puesto doscientas cadenas en la puerta principal, y uno de esos cancerberos de mal gusto que suele usar… Vuelvo a la cocina. Allí están. Contemplo sus cuerpos casi sin vida. Laura. Carlo. Perfectamente. Que así sea entonces.  
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